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Notas sobre el charango de Arequipa.

Marcela Cornejo Díaz.

Mestizaje singular

Siglos antes de la fundación española de Arequipa en 1540, el valle del río Chili ya estaba poblado.   Estaban distintos núcleos humanos como los chumbivilcas, yanahuaras, chilques, collaguas, cabanas, y los aymaras de Cayma con su anexo Callapa (1).  Otras etnias mencionadas son las de los lupacas, julis, yarabayas, copoatas, caguanakuntis, chuquibambas, nazcas y paracas (2).  Esta presencia multicultural respondía al patrón de asentamientos discontinuos y movibles destinados a aprovechar un máximo de pisos ecológicos, desde la costa (o región yunga) a la meseta del Collao

Desde 1540 estos pobladores fueron desplazados de sus asentamientos originales hacia los extramuros de la ciudad en núcleos llamados Rancherías. Luego de la instauración de las Reducciones Toledanas se convirtieron en Pueblos de Indios que abastecían de mano de obra a la ciudad, sin embargo,  hasta bien entrado el siglo XVIII siguieron siendo identificadas como rancherías, y eran las principales: San Lázaro, San Jerónimo, La Ranchería, La Pampa y Santa Marta (3).

En la Colonia (en que su economía agraria gravitó en torno a Potosí) y las décadas iniciales de la vida republicana Arequipa se mantuvo en estado de aislamiento geográfico, económico y social respecto a Lima.   Históricamente, sus vínculos  socio-culturales y económicos  han sido y son más cercanos al sur peruano y  la zona del Collao.  Esto fue así hasta que el boom lanero la posicionó como nuevo centro hegemónico del sur andino.

 

La ciudad y su entorno tuvo siempre una población indígena local que produjo con la población hispana, un mestizaje peculiar expresado en el chacarero loncco.  Con la incursión del ferrocarril  (1871) y la consolidación del comercio lanero, la circulación de bienes, servicios y personas que se daba a través del arrieraje, se vio  progresivamente acelerada .  El mestizaje se ha ido haciendo desde entonces, cada vez más complejo y rico debido a la migración, principalmente de origen quechua y aymara de la zona altoandina (4).

Huellas de una ruta musical

Como en toda colonia hispana, la música tenía dos grandes ámbitos: culta y popular.  Sólo la música culta (religiosa y cortesana), es referida en la documentación histórica (5).  Las primeras referencias a una música popular que expresa la identidad mestiza arequipeña remiten a la obra de Mariano Melgar (1790-1815), quien se inspiró en los cantos tristes de los lonccos lugareños, a los que impregnó de romanticismo hispano para cantar al amor y a la libertad de su patria.  Melgar compuso la poética de unos 10 yaravíes, a los que luego, cantores anónimos del siglo XIX pusieron música.

Aparte del yaraví, los otros géneros que se desarrollaron con características propias  fueron la marinera, llamada en el siglo XIX “baile de pañuelo”, “mozamala”  o “cueca”, y la pampeña, una variante local del huayño collavino, surgida  principalmente  en las pampas de Miraflores.

El charango en Arequipa está más vinculado a la música indígena-mestiza del poblador de las zonas rurales aledañas a la ciudad –es decir, al loncco-,  principalmente la que se toca en las fiestas de carnaval.  Hoy en día, varios de estos poblados tradicionales  han sido absorbidos dentro del casco urbano (Yanahuara, Cayma, Miraflores, Tiabaya).  Los distritos que aún conservan algo de vida rural son  Socabaya, Paucarpata, Sabandía, Characato, Chiguata, Quequeña, Yarabamba, Pocsi, Mollebaya y Polobaya.

La evidencias indican que el pequeño cordófono llegó en las manos de los pobladores de la zona del Collao.  El viajero francés Paul Marcoy habla de él cuando estuvo por estas tierras en la década de 1840 (6). En el trayecto de Arequipa a Lampa, estando en el pueblito de Cabana, pone en boca del arriero que lo guía la siguiente descripción: “nuestros indios van a  estar diez o doce días en campaña.  Al cabo de ese tiempo, si han llenado su chuspa con metal, separarán algunas piastras que adeudan a las autoridades superiores.  Con el resto comprarán aguardiente, coca, y luego, ya de retorno a casa, bailarán al son de la trompeta de hojalata y del charango, beberán hasta embriagarse y zurrarán a sus esposas para enseñarles a no abandonar otra vez el techo conyugal...” (p. 152).

Hace una segunda mención  cuando llega al pueblo de Pucará (Puno), refiriéndose a las danzas que se dan en la feria  local de diciembre: “Durante los quince días que dura la feria, los ecos de la puna, acostumbrados como están a no repetir sino el balido de los rebaños o los suspiros del viento, retumban con el redoblar de los tambores, la fanfarria de las cornetas de latón, los mugidos cavernosos de los pututos o cuernos de Amón, los acordes melódicos de la quena y del pincullo, dos tipos de flautas, y el charango, guitarra nacional de tres cuerdas que los indígenas fabrican ellos mismos con la mitad de una calabaza,  a la que adaptan un mango y las tripas de un gato.  Las vociferaciones de la multitud, los ladridos de los perros, los relinchos de los caballos y de las mulas, la crepitación de las frituras y el chisporroteo de los fogones que arden al aire libre, forman el bajo de ese salvaje concierto” (p. 191).

El charango hecho con tripas de gato o de otros animales, tuvo vigencia en Arequipa hasta hace pocas décadas para luego ser reemplazado por cuerdas de alambre o de metal.  Don Ángel Muñoz cuenta que su madre le regaló su primer charango cuando era niño, que éste tenía cuerdas de tripa de gato y que poco después se las cambió por cuerdas de alambre (más precisamente, de cobre).  El sonido chillón de las cuerdas de alambre (usadas por los lonccos pobres cuando no podían poner cuerdas de metal), unido  a la idiosincrasia local, le han dado un sonido característico al charango rural arequipeño (un tanto rudimentario, bullicioso y al mismo tiempo muy sentimental).  Los charanguistas urbanos como Ángel Muñoz o Nicanor Abarca, usan cuerdas de metal y  han creado afinaciones y digitaciones propias, de compleja ejecución (suelen ser charangos de 5 órdenes de 3 cuerdas).  Otro destacado charanguista arequipeño fue Oswaldo Lima Manrique, fundador del grupo Los Mistianos.

Los dos grandes espacios de intercambio entre los lonccos lugareños y los viajeros altoandinos, fueron los tambos y las chacras aledañas.  Los pobladores  viajaban largas distancias para comerciar sus productos; algunos eran pobres, otros más opulentos (arrieros mestizos);  llegaban y se instalaban temporalmente en los tambos de las afueras de la ciudad.  Con el tiempo, en estos tambos asentaron su vivienda numerosos artesanos hispano-mestizos para atender la fuerte demanda de servicios (7).  En estos centros de intercambio no sólo fluían bienes de consumo, sino cantos, instrumentos y danzas, que ayudaban a disipar el cansancio y las soledades.  En el caso de las chacras circunvecinas, muchos camayos y gañanes de origen indígena que prestaban sus servicios temporales o permanentes a los pequeños propietarios agrícolas también venían con sus cantos tristes y sus instrumentos que compartían en las labores del campo con otros lonccos pobres.

¡Apujllay¡

Francisco Mostajo  dice que no bien llegados los conquistadores, la fiesta que aclimataron más rápido  fue la del carnaval, que el primero que se jugó debió darse en 1541.  Este carnaval se abría con la procesión de la Virgen de Copacabana que salía de la iglesia de San Agustín, precedida de  bailes de indígenas disfrazados  “contra cuya subsistencia, hasta mediada la República, no dejaban de tronar los periódicos…” (8).  Según Mostajo, en las primeras décadas de la República el carnaval ceremonioso de la Colonia fue dando paso a un festejo más multitudinario donde confluían las distintas clases sociales, la ciudad y el campo.  Sobre ese auge carnavalesco, Paul Marcoy  dejó un elocuente apunte (“Martes de carnaval en Arequipa”) en el que  las fiestas llegaban a un clímax de batalla campal (9).  Si bien las familias de la elite tenían su forma de celebrar el carnaval, más al estilo europeo, el que nos ocupa es el carnaval loncco, cuya fecha más intensa era el martes de carnaval, día de “bifalas” (wifalas):

De Yanahuara y de Miraflores bajaban a la ciudad ruedas de cholos y cholas, o de indias e indios, transeúntes éstos, bailando huaynos, cashuas, etc.,  al son de vigüelas o charangos.  Todos polveados, otros por disfraces, adefesios,  algunos portando cañas de maíz ya en espiga y cantando una canturía triste pero de letras intencionadas.  Desde luego, todos yá inecuánimes  por las libaciones de chicha en todas las picanterías del trayecto, que las botellas de licor blanco ellos las llevaban y a cada rato la empinaban.  Se detenían en los cruceros en los que el baile en círculo era más animado, y los dichos cantares partían  como otros tantos cascaronazos, sobretodo si era tiempo de agitación política.  Era uno de los modos de desfogue de la sátira popular cargada de gruesa sal criolla” (10)

 

Las  comparsas y pandillas de cada pueblo (Yanahuara, Cayma y Miraflores…), al son de guitarras, requintos, mandolinas, charangos, quenas y bombos,  bajaban armadas de coplas desafiantes, muchas veces pícaras o burlonas:

 

Las de Miraflores

 

zapatos bordados

 

Las de Yanahuara

 

Zapatos mojados

 

 

Cantemos, bailemos, ¡apujllay!

 

Sobre una granada

 

Hasta que reviente  ¡apujllay!

 

Agua colorada

 

Cuando se encontraban dos bifalas, la batalla era inevitable.  Principiaba por las sátiras, seguía con los insultos, se reñía con las trompadas y terminaban con la trabajosa intervención de la Policía, que obligaba a seguir un camino contrario.  El martes de carnaval popular se concretaba en el Cerrito de San Vicente  al extremo de Yanahuara, pero ahí se jugaba al uso serrano, a duraznazos y a golpes en las pantorrillas.  El miércoles era de Miraflores, pues ahí se iba a enterrar el carnaval, representado por un muñeco cargado con cuanto adefesio se le podía cargar y cabalgando en un borrico de mala muerte. Aún se jugaba en el lugarejo.  Y las bifalas abundaban, sobretodo las de los indios, de modo que las quenas y charangos se oían por doquiera (…) Mientras todo esto ocurría en el paraje del popular paseo que es la pampa, las picanterías del pueblo estaban bullendo de plena diversión…” (11)

El carnaval loncco de Yanahuara

Yanahuara ha sido y es protagonista principal de las fiestas del carnaval en la ciudad.  Graciela Zumaria (sobrina de Don Ángel) (12),  dice que el carnaval loncco se originó en Yanahuara, que a pesar de que el interés y el entusiasmo colectivo ya no es el mismo, sigue organizando hasta hoy el “verdadero carnaval loncco” de su jurisdicción.  Ella da la primera voz de las coplas de carnaval, seguida de Luz y Epifania Gonzáles.  Hace memoria y cuenta  cómo  el carnaval ha conocido mejores tiempos (13)

Cuenta que el primer día, domingo de carnaval, era  la entrada de Ño Carnavalón y el Corso de Flores, el segundo día, lunes de carnaval, salían las pandillas de muchachos y muchachas con serpentinas en el cuello, se echaban  agua, pintura en la cara, y jugaban con mistura; el tercer día, martes de carnaval, era el día de la Feria en el Cerrito de San Vicente, a donde concurrían comparsas celebrantes desde Miraflores, Cayma, Cerro Colorado, Tomilla, Tiabaya, Sabandía y Acequia Alta, cada cual con sus guitarras, sus charangos, su acordeón.    Para la ocasión se hacían polvos con almidón, se perfumaba agua con cedrón y arrayán, se la coloreaba con airampo con la que se llenaban cascarones de huevos para jugar.  “De allí sale pues: chancáme chancáme, chancáme los huevos, si no me los chancas quedáte con ellos…”

En la plazoleta del cerrito, las señoras traían comida, los caballeros traían cerveza, chicha, mote, y ahí hacían una fiesta esperando a los vecinos y comparsas que llegaban, bailando y cantando. “Ahí se les cantaba a las de Miraflores:

 

Ahí van  las pampeñas

 

Montadas a burro

 

Con las piernas ccalas

 

Enseñando el culo

 

El carnaval son indirectas que nos damos de pueblo a pueblo, como un contrapunto.  Ellos cantan para Yanahuara,  nosotros les cantamos a ellos, cantamos para Miraflores, Sabandía, Paucarpata, Characato, para las de Tiabaya, para Tingo, después nos vamos al Cerro Colorado, después vamos a Acequia Alta, Cayma, La Tomilla por Carmen Alto, a veces nos vamos a Mollendo también… le hacemos versos a cada pueblo de acuerdo a lo que ellos también nos cantan

Las comparsas continuaban con su recorrido por  las calles de Yanahuara, recalando en picanterías y casas de familia, cantando y bailando, hasta entrada la noche.  El miércoles, la gente iba a misa, arrepentida, para luego proceder a enterrar el carnaval en la zona llamada Quimssa Mocco, de la Pampa de Miraflores. (14)

Angel Muñoz Alpaca ha sido por generaciones un personaje central de los carnavales de Yanahuara, proviene de la familia de los caciques Alpaca de Cayma y Yanahuara, en la que siempre hubo músicos virtuosos.  Doña Graciela  recuerda algunos charanguistas ya fallecidos:  su abuelo Juan Alpaca, su padre Manuel Zumaria, Víctor Muñoz Alpaca (hermano mayor de Don Ángel), Mariano Gudiel Alpaca, Justo Ramos Huertas, un señor Gonzáles (padre de Luz y Epifania).   Otros músicos como Manuel Aguilar (guitarra y charango), Gerardo Alpaca Palomino el “Sioca” (guitarra), Pablo Llosa (guitarra), Carlitos Fuentes (mandolina),  y otros muchos más, serpentina al cuello y rostro empolvado, gozaban y creaban  las coplas y el canto vivo de los carnavales de Yanahuara.  No faltaban yanahuaras que supieran tocar algún instrumento.

“El Torito es lo mejor que tenemos en Arequipa, lo mejor en su música, en personalidad.  Su música es auténtica de Arequipa…

 

De dónde aparece

 

Ese hermoso Toro (bis)

 

Si pierde el charango

 

Lo ha perdido todo”

 

Actualmente la Municipalidad de Cayma procura re-actualizar las fiestas de carnaval incluyendo  comparsas con charango, una de las zonas en las que la tradición aún se conserva es Acequia Alta.

Coplas de carnaval, bifalas, huayños, pampeñas, marineras, resonaban en los días de carnaval, bien en las zonas rurales aledañas, bien en las casas hospitalarias, o en esos santuarios de la cultura popular arequipeña que eran las picanterías.  Y el charanguito, siempre presente.

7 de julio de 2010.

Cómo citar este trabajo:

Cornejo Díaz, Marcela

2010    Notas sobre el charango en Arequipa. Arequipa, 7 jul.  Disponible en: https://sites.google.com/site/charangodearequipa.  Consultado el (dia) de (mes) de (año).

 

Notas

(1) Francisco Mostajo, citado por Eusebio Quiroz Paz Soldán. “Visión histórica de Arequipa 1540-1990″, 1991, pp. 23-39.

(2) Juan Guillermo Carpio Muñoz  “Diccionario de Arequipeñismos”,  1999, T. 1, p. 18

(3) Quiroz, op. cit., pp. 35-36

(4) Carpio Muñoz calcula que 35% de arequipeñismos provienen del quechua, 30% del español, y 15% del aymara.  También hay una notoria cantidad de toponimias de origen puquina, una lengua muerta hace unos tres siglos.

(5) Helard L. Fuentes Rueda (Director del Archivo Regional) ha publicado algunos artículos sobre esta materia en los últimos años (en particular, en el Diario el Pueblo y la Revista del Archivo General de la Nación)

(6) Paul Marcoy.  Viaje a través de la América del Sur.  Lima: PUCP, 2001, T.1,

(7) Tambos vigentes: Tambo de Bronce, Tambo del Matadero, Tambo Ruelas, Tambo de la Cabezona, Tambo de la Ranchería, Tambo de los Jesuitas, Tambo Las Carmelitas, Tambo Negrón, Tambo Salas, Tambo Flores, Casa Rosada, Castillo del Diablo.  Tambos históricos: Tambo Morte Musca, Tambo de Santiago, Tambo de la Quiteña, Tambo de Barreda, Tambo del Buque, Tambo de la Palla, Tambo de Gutiérrez, Tambo de la Ranchería (demolido hace poco).

(8) Texto de Mostajo inserto en: “ Mostajo y el Folklore arequipeño”.  Hector Ballón Lozada. Arequipa, 1999, p. 218

(9) Marcoy, op. cit., p. 117

(10) Ballón Lozada, op. cit., p. 221

(11) Ballón Lozada, op. cit., p. 222

(12) Información proporcionada por Doña Graciela Zumaria en entrevista del 29 enero de 2009
(13) Doña Graciela expresa: “ya no hay yanahuaras, [ahora]  es gente nueva que ha venido a vivir”

(14) Hoy totalmente urbanizada

 

 
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