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Ricardo Palma
UN OBISPO DE AYACUCHO


Don Ricardo Palma (1,833-1919), se adentra en el relajado mundo del clero huamanguino del siglo XVIII, para contarnos en esta deliciosa tradición, la fama de los charanguistas huamanguinos y de las extrañas muertes que acontecieron a los obispos ayacuchanos de esa época.

1,782

La erección del obispado de Huamanga (hoy Ayacucho) se efectuó a principios de 1,612 por bula de Paulo V.
El primer obispo, fray Agustín de Carvajal, murió en 1618 envenenado, y sospéchase que también fueron víctimas de ponzoña los obispos Zárate, La-Fuente, Matienzo y otros. Curioso es que siete de los obispos de Huamanga hubieran fallecido antes de completar dos años de residencia en la ciudad.
Al obispo fray Antonio Conderino, a poco de haberse hecho cargo de la diócesis en 1645, le dieron chamico, y murió amente en el convento agustino de Lima.
El limeño fray Cipriano Medina, según el cronista Meléndez, saltó un día de 1637, en medio de repiques de campanas, para emprender la visita de la diócesis y resuelto a castigar severamente a los párrocos remisos en el cumplimiento del deber.
No había hecho dos leguas de camino cuando se sintió atacado de mal tan repentino y violento, que media hora después era cadáver.
Como se ve, la mitra de Ayacucho llevaba en sí algo parecido a sentencia de muerte próxima.
Vamos hoy a referir algunos rasgos característicos de un obispo que también murió de mala manera.

I

Por los años de 1782 entró a regir la diócesis de Huamanga, como su vigésimo obispo, don Francisco López Sánchez, abad de Motril. Era éste un español tesonero para el trabajo y muy enérgico, para meter en vereda a la clerecía, cuyas costumbres eran bastante relajadas.
En el carácter de su ilustrísima había mucho de soldado pues cuando por buenas no lograba hacerse obedecer, arremetía a sopapos con el más pintado,
El hombre era ligero de manos y de pocas pulgas. El clero de su época era torpe, ignorante, servil, crapuloso y desaseado, pues muchos sacerdotes, a juzgar por el trabajo, tenían aspecto de cocineros más que de ministros del altar.
Salvo lo fosfórico de su genio, que no hay hombre perfecto, era el señor López Sánchez un obispo moral, instruido, generoso, caritativo y muy amigo de chistes y agudezas.

En 1783 mandó hacer algunas reparaciones en el salón episcopal, y viendo que el albañil no era bastante diestro para blanquear la pared, le arrebató su ilustrísima el broquel, atóse a la cabeza un pañuelo de pallacate, cubrióse el cuerpo con una chaqueta o gabardina y muy seriamente se puso a la obra.
En esta ocupación fue sorprendido por un pretendiente a órdenes sagradas, quien, tomándolo por verdadero albañil, le preguntó por su señoría ilustrísima.
Bajóse del andamio el señor López Sánchez, y encarándose con el petulante, le dijo:
-Seor bellaco, ¿no tengo cara de obispo?
El monigote se deshizo en excusas y dijo que no había podido pensar que todo un mitrado se ocupase en albañilería.
- iVaya una salida de tono! Estoy en mi casa y hago lo que me da la gana. . ¿Está usted? ¿Y qué es lo que quiere?
-Ilustrísimo señor, soy aspirante a órdenes y venía a saber si...
- Bien, bien! Preséntese usted al sínodo y déjeme en paz.
Y el obispo volvió la espalda y prosiguió en su interrumpida faena.
Llegó el día del examen sinodal, y el pastor hizo esta pregunta al aspirante:
-¿Qué hace Dios en los cielos?
-Ilustrísimo señor, hará lo que le dé su real gana, que para eso está en su casa-contestó, sin turbarse, el examinado.
Este desparpajo cautivo, lejos de enojar, al señor López Sánchez, y desde ese día hizo del agudo cleriguillo uno de sus familiares y favoritos.

II

La diócesis de Huamanga tiene reputación de pobreza y en los tiempos del señor López Sánchez era grande la afluencia de sacerdotes y escasos los paganos de misas. Los clérigos no hacían caldo gordo, pues para ellos los maravedises andaban por las nubes.
Hubo uno que, desesperado de no encontrar quien le facilitase un duro a cuenta de sufragios para las ánimas del purgatorio, se hizo oficial de sastre. Así ganaba honradamente el sustento propio y el de una madre anciana.
Supiéronlo algunos clérigos y fueron con el chisme al diocesano, mostrándose avergonzados de la degradación que sufría la sotana. El señor López Sánchez mandó que inmediatamente condujesen ante él al acusado, y al presentarse éste, le arrimó un cachete soberbio, diciéndole:
-¿Para qué te ordenaste si tenias, tanta inclinación a la aguja y al dedal?
El agraviado sacerdote, repuesto de la sorpresa y tomando una actitud enérgica a la par que respetuosa, le contestó:
-Ilustrísimo señor: Si he descendido hasta ser oficial de sastre, no ha sido por buscar aumento para vicios, sino por dar pan a mi madre anciana, que en otro tiempo fue una sana y robusta mujer que, con su trabajo honrado, me sostuvo en el seminario, animada por el cristiano deseo de que su hijo fuese sacerdote. Mi instrucción es acaso superior a la de algunos que, por tener, protectores, han alcanzado beneficios. Sin hallar ni quien me encomendase una misa, antes que envilecerme pidiendo prestado sin seguridad de pagar deudas, he buscado la subsistencia en trabajo se de mis manos, que el trabajar no es afrenta. ¿Quería su señoría ilustrísima que dejara morir de hambre a mi buena madre?
Cuando acabó de hablar el sacerdote, asomaban lágrimas en los ojos del obispo, y en uno de esos arranques generosos que le eran propios abrazó al clérigo, diciéndole:
-Has hecho bien, y mi conciencia de hombre honrado te absuelve. Mi secretario te entregará mañana el título de cura interino de Acocamba, y ya veremos más tarde si es posible darte en propiedad ese curato, que es uno de los más ricos del obispado. Ve en paz, hijo mío, y perdona mi violencia.

III

Los huamanguinos han sido y son los más furiosos charanguistas del Perú. No hay uno que no sepa hacer sonar las cuerdas de ese instrumentillo llamado charanga, con que se acompaña el monótono zapateo de la cachua tradicional.
En los tiempos del señor López Sánchez, el clero pagaba inmoderado tributo a la orgía.
Convencido de que eran estériles consejos paternales y moniciones eclesiásticas, mandó el obispo construir calabozos en el seminario de San Cristóbal para hospedar a los incorregibles.
El seminario de San Cristóbal fue fundado, con los mismos privilegios que la Universidad de Lima, en 1607, por el obispo que consagró en 1672 la catedral de Huamanga. Llamóse éste don Cristóbal de Casulla y Zamora, y fué hijo natural del rey don Felipe IV. ¡No es poca honra para la Iglesia ayacuchana haber sido regida por un vástago real! Castilla y Zamora murió de arzobispo de Chuquisaca.
Paseando una tarde López Sánchez por la calle de anta Teresa con sus familiares y su pertiguero, de quien nunca se separaba, porque le servia de oficial de justicia, detúvose sorprendido a la puerta de un tenducho con honores de chichería.
La cosa no era para menos.
Cinco o seis cholas, de las de mantita corta y faldellín alto, formaban rueda agarradas de las manos. Cuatro o seis voces aguardentosas cantaban coplas obscenas, y al compás de un mal charango y de una pésima guitarra zapateaban las mujeres una cachua abominable. En el centro de la rueda, y con la sotana hecha un asco, se encontraba un clérigo conocido por Yaga-Pipinco (el padre Pipinco), el que con una botella en la mano escobillaba primorosamente la cachua de mudanzas, gritando:
-¡Aro! ¡Arito! Dame tus brazos, mi vida, por la derecha. ¡Aro! ¡Arito! Dame tus brazos, chinita, por la izquierda.
-De repente resonó la voz airada del obispo en medio de la jarana:
- i Pertiguero! Lleve usted, por la derecha, a este clérigo inmundo a un calabozo.

IV

En el enjambre de clérigos que infestaban Huamanga encontrábase uno a quien, si bien nadie acusaba de vicioso, tenia, en cambio, sólida reputación de tonto. Rechoncho, de frente chata, pelo de crin y color cetrino, era feo hasta para feo.
Arbitrando la manera de salir de penurias, y próxima la época de abrirse concurso para proveer los curatos vacantes, ocurrióle un expediente que el infeliz creyó inspirado por el cielo. Fué el expediente escribir, en nombre de la Virgen de Socyacato, una carta al obispo.
Hallábase su ilustrísima solo en su salón, cuando se le presentó el clérigo y le entregó la carta de recomendación. Decía así:
_«Mi querido hijo Pancho: El dador de la presente es mi compañero espiritual, por quien me intereso, y te suplico me hagas el favor de atenderlo dándole el mejor curato, pues así te lo pide tu afectísima madre.
La Virgen de Socyacato.»
Apenas terminó el obispo la lectura de este original billete, cuando acometió a mojicones al recomendado.
-¡Pícaro! ¿De dónde viene ese compadrazgo? ¿Le cargaste el hijo a la Virgen María, o la Virgen cargó el tuyo?
El clérigo sufrió los golpes con cristiana mansedumbre, y cuando vió al señor López Sánchez algo calmado, le confesó que había recurrido a ese embuste porque en todos los concursos salía desairado, más que por su falta de ciencia, por lo ruin de su estampa.
Agradó al prelado la ingenuidad y le contestó, sonriendo:
-i Ah bellaco! De buena aldaba te has agarrado esta vez. Ve con Dios y dile a tu comadre que no será desairada.
Y, en efecto, el pobre clérigo obtuvo en el concurso un modesto beneficio.

V

Ya hemos dicho que la corrupción del clero, en la época del señor López Sánchez, era espantosa. La empresa moralizadora que se había propuesto llevar a cabo era superior a humanas fuerzas, y tenía que sucumbir en ella, como todos los obispos de Huamanga que antes y después de él trabajaron por la reforma. Los obispos que a poco de instalados no renunciaron a la mitra, sino que se decidieron a luchar con la virilidad y constancia que desplegó el señor López Sánchez, terminaron siempre de una manera misteriosa y tremenda.
Estéril fué que el señor López Sánchez hiciera venir ante él a los curas sobre cuya conducta antievangélica tenía fundadas quejas; que los amonestase, suspendiese y aun emplease contra algunos la por entonces terrible arma de las censuras. El mal tenía hondas raíces. Era un cáncer inveterado.
Entre los curas a quienes había suspendido en el ejercicio de las funciones parroquiales encontrábase uno conocido, por Human-coles (cabeza de col). Era el tal perteneciente a una de las más antiguas y ricas familias de la ciudad, y vivía muy engreído de su abolengo y fortuna. Ignorantón, pero de mucha verbosidad haciendo un eterno batiborrillo de latín, castellano y quichua, y formando una ensalada pestífera con la filosofía, los cánones y las súmulas, era el tipo más perfecto del pedante de la sierra, que en punto a pedantes es el summum de la especie.
Dado a todos los vicios que envilecen al hombre, se mofaba públicamente del obispo, agraviándolo en pasquines y caricaturas.
Una mañana diéronle aviso al señor López Sánchez de que, en estado de beodez, había con un puñal hecho en la cara un chirlo a una mozuela. Muy exaltado, se paseaba el diocesano por el corredor de la casa episcopal, cuando se presentó el insolente cura en completa crápula. Indignado el obispo ante tal falta de respeto, y a tiempo que Human_ coles principiaba a subir la escalera, le y aplicó un puntapié en el pecho y lo hizo descender dos tramos. El borracho, para no caer, se apoyó en la balaustrada y, mirando con altanería al obispo, dijo:
-Auila llaipas patalla mantacca! (¡Miren qué gracia! Hasta mi abuela puede pegarme de arriba para abajo.)
- Los familiares condujeron al escandaloso sacerdote a uno de los calabozos del seminario, e instruido el obispo de la significación de las palabras quichuas, murmuró:
-Está bien. No saldrá del encierro hasta que se enmiende o yo sucumba.
-¡Palabras fatídicas que auguraban el misterioso y no lejano fin del prelado!

VI

Infatigable en la reforma de la clerecía, el obispo López Sánchez emprendió la visita de su diócesis en 1789.

Hacía un mes que se hallaba ya de regreso en Huamanga , cuando una tarde le encontraron en su despacho sentado en un sillón y con una carta en las manos. Estaba muerto. Se cree que le propinaron uno de aquellos venenos que, desconocidos aún para la ciencia , son familiares para los indios de nuestras montañas.

La opinión pública señaló a Huamancoles como el autor del crímen.


 
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